La historia de diecisiete corazones rotos. Y todos son el mismo.

 

No era él. Él, que tomó turno hace más de diez años, y después de tanto intentarlo, algo tendría que pasar. Pero así como abrí la puerta, la cerré.

Mucho menos sería él, de piel rosa, con músculos más grandes que su cabeza, y sabor caribeño al bailar.

Casi pudo ser el otro, el artista de moda, de piel morena y con un ego inflado más que su cartera, con sensibilidad única y que me nombra musa.

Y, quizá, sea él. Con mucho olor a incienso y a presente (todavía intento decidir si a futuro). Con dos bendiciones que la gente vulgarmente llama “manos”, y la habilidad que éstas tienen de hacer vibrar el paladar.

¿Mientras? Todo se va acomodando, tomando un lugar. Al Tetris que es mi vida, todavía le falta mucho por acabar y, sobretodo, por embonar. Pero ya las risas volvieron a ser reales, ya hasta me puedo carcajear. Ahora hasta me sale natural tomar manos al caminar.

Todavía no sé si es el Año Nuevo el que tiende a ser triste o si la tendencia a la tristeza es mía.

Este año, a diferencia de los otros, tengo muy claro todo lo que ha pasado y tengo bien definidos a los culpables. Es un gran paso, según yo, el finalmente poder identificar las cosas. No sólo por poder analizar y resolver… hay otra parte mucho más importante. En la gran mayoría de los casos, lo que a mí me acaba pasando, es que me siento triste sin saber porqué. Claro, el psiquiatra dice que es un problema químico, bla, bla. Pero es muy desesperante saberse triste, solo, pero no tener ni una pista que lo guíe a uno para poder profundizar sobre algún tema o sentimiento, y eventualmente poder superarlo. Y si no superarlo, al menos analizarlo. Y si no analizarlo, poder verlo, aunque sea ahí, de lejitos. Saber que existe, pues. Y ya.

Este año, aprendí una gran lección. Una de las más difíciles. Una de las que, a mi edad, debería tener un poco más resuelto. No que antes no las hubiera vivido; es que jamás habían sido tantas en tan poco tiempo. Pongámosle nombre, pues: Las Despedidas. Tan naturales y al mismo tiempo tan atemorizantes.

Primero él. Él, que alargó tanto su despedida. Él, que fue pieza fundamental durante años. Él, y el miedo a aceptar que teníamos que dejarnos. Él, que es difícil creer que no hay nada ya que le pertenezca a él, cuando antes TODO le pertenecía.

Luego ella. Ella, que adoré. Ella, con la que empecé construcciones. Ella, antes de que los cimientos fueran suficientemente sólidos, nos azotó un temblor. No sobrevivimos a las réplicas.

Luego *ella*. Ella, la más importante. Ella, la que es mi (¿nuestro?) secreto. Ella, que juro era hermosa. Ella, que enterró recuerdos en mi imaginario. Ella, la que no debía, la que no podía. Ella, la que eventualmente tendrá que dejar de doler.

Luego él. Él, cargado de “what if?”. Él, con la promesa de ser paracaídas. Él, que se robó mis ganas de agarrar la pluma y el papel cuando decidió que mejor ya no. Él, al que esta vez, ya no quise intentar convencerlo de quedarse. Otra vez.

Luego él. Él, que, en realidad, no sé si fue una despedida o no. Él, al que no me atrevo a preguntarle, pues quizá si todo queda así, es mejor. Él, al que tal vez hoy se pregunta todo esto, igual que yo.

Y él. Él. ÉL. Del que tendré que entender que en las despedidas, no forzosamente se tiene que dejar de verse. A veces basta que el corazón y la mente se vayan a otro lado. Y ahí estamos… pero no.

Hace 4 días conocí a Marco, un argentino. Simpático, parece que su única obligación es sonreír. Lleva una cinta en el dedo, pues se lastimó la uña y está por perderla. Hay sólo un centímetro o menos de piel que la sigue sosteniendo. Le pregunté que si no era más fácil arrancarla y ya. Dijo que sí, que lo haría, que no era miedo al dolor. La historia es que, en su tierra, la creencia es que si uno llega medio incompleto al final del año, todo el nuevo año, uno podría sufrir de esa parte incompleta. Por eso él se aferra a su cachito de uña, para que en todo el 2012, no se le vuelva a caer.

De ser cierto eso, ahora entiendo muchas cosas de los otros años. Siempre sentí que los empezaba con un cachito de corazón faltante. Que le pertenecía a él o a él o a él. Y él estaba lejos o él no quería o él lo que sea. Este año es un poco similar. Con todas las despedidas, siento que todos mis cachitos de corazón andan por ahí, medio perdidos. De ser así, empezaría, otra vez, mal el año y eso me condenaría a un año con el corazón en pedazos. Pero no.

Pero no.

Los perdí a ellos. Ellos, dueños de un poquito de mí. Pero no. Hubo que pegar las piezas, una por una, cuidadosamente, para que volviera a embonar. Aquí lo tengo, protegido, cuidadito. Empiezo el año conmigo, con mi corazoncito. Los dos: completitos.